Quizá sea la reciente noticia en la que me comunicaban que, si todo va bien, seré padre por segunda vez antes de final de año. Puede que influya el hecho de haber llegado a un momento de mi vida en el que ya cumplo más años que promesas, como decía la canción. Aunque realmente creo que  lo que más me afecta es  este ambiente político cargado y plomizo, en el que los principales actores se empeñan una y otra vez  en representar papeles desde sus trincheras, sin más objetivo que lograr el beneficio propio y de partido, mucho antes que el interés común, que es lo que, por definición, debería primar en cualquier democracia que se precie.
El caso es que desde hace algún tiempo se me hace irrespirable esta atmósfera constante de contienda electoral, de autobombo y ataque permanente a cualquier medida, declaración, o propuesta que venga desde otro partido. Sé que a estas alturas ya habrá quién estará tachando este artículo, probablemente con razón, de naíf, inocente o “buenista”, pero sinceramente, a los que vamos sin ningún carné en la boca (al menos desde que “murió” UPYD), se nos hace difícil no sentir cierto abatimiento ante el panorama que se dibuja tras el 26-J.
Nuestra política nacional lleva tiempo provocando en la sociedad civil una tremenda sensación de aburrimiento y hastío. Conocemos de antemano los derroteros por los que transcurrirán cualquier declaración o debate que se precie, es más, podemos adivinar casi íntegramente lo que van a decir antes de empezar el debate, y podemos intuir así mismo sin necesidad de esperar a ser escritas,  las crónicas de los diferentes medios una vez transcurrido el acto en cuestión, pues la mayor parte de la prensa, salvando honrosas excepciones, suele colaborar de este espectáculo que podríamos calificar sin rubores de esperpento, aunque dudo que ni siquiera el propio Valle-Inclán hubiera imaginado un argumento tan grotesco.
Y, de verdad, así es muy difícil hacer un país. Se necesitan pactos, acuerdos y políticas que tiendan a integrar. Suena, otra vez, demasiado inocente y utópico. Pero es que ES ASÍ. No se puede construir un futuro común sin tener en cuenta  a los 7 millones de votantes del Partido Popular, ni a los 5 millones de votantes de Podemos, por poner los dos ejemplos más alejados en la escala ideológica. Por una vez y ojalá sirviera de precedente, deberíamos fijarnos más en lo que nos une que en lo que nos separa. Es mucho más, si uno se para a pensarlo. Como suele decir mi amigo y colaborador de Reflexión.news, Gonzalo de la Campa, hay que fijarse en las medidas y no en las personas. Hay mucha gente que desprecia determinadas medidas o políticas por el mero hecho de que quién las defiende o aplica son personajes que le provocan rechazo, a pesar de estar bastante de acuerdo con el trasfondo de lo planteado. Lo digo porque yo mismo he tenido que hacer ese ejercicio en los últimos meses, ya que como todos, tengo mis fobias y mis prejuicios, y a veces, precisamente por estar sumido en este ambiente constante de confrontación, uno tiende a polarizar sus opiniones por oposición a aquello que cree injusto o erróneo.
Sin embargo, señoras y señores, voy a darles un titular, una primicia, que quizá choque pero que todos deberíamos asumir lo antes posible: ninguno tenemos la razón exclusiva ni existen verdades absolutas. Así que, carentes como estamos de referentes ideológicos y morales (Savater aparte), desistan por favor políticos y tertulianos de bar de subirse al púlpito para sentar cátedra, mientras miran por encima del hombro de su moral al resto. Parece una obviedad, pero visto lo visto parece que no está de más recordarlo. Y les diré más, a riesgo de que estallen algunas cabezas. Además de corruptos, populistas, marionetas, demagogos  y demás fauna habitual en nuestro panorama político, hay más:
Aunque les cueste creerlo, en el PP queda también gente honrada que cree en lo que hace y sueña con un país mejor. Hay muchas personas comprometidas en Unidos Podemos que se han metido en política con el afán de mejorar las cosas y luchar por un futuro con esperanza. Igual que en Ciudadanos, dónde muchos  trabajan con ilusión y desinteresadamente porque creen que es posible otra forma de hacer las cosas. Y en el partido Socialista persisten incansables luchadores por los derechos sociales que pueden aportar su granito de arena. A todos ellos deberíamos encomendarnos, y pedirles que de una vez den un paso al frente en sus respectivos grupos, y no se plieguen a esa auténtica lacra de la democracia, que corrompe al buen político y pervierte el funcionamiento parlamentario puro, y que responde al nombre de aparato del partido. Su funcionamiento es sencillo, ya saben, como decía Alfonso Guerra, “el que se mueva no sale en la foto”.
Y ahora juzguen ustedes, como creen que se construiría una España más fuerte, más solidaria y de la que todos estaríamos más orgullosos. ¿Ahondando en nuestras diferencias?, ¿buscando grietas que dificulten nuestra convivencia?,  ¿profundizando en el modelo de política agresiva contra el oponente, la que separa entre buenos y malos?
Algunos creemos que no. Como comentaba recientemente Aurora Nacarino, una de las politólogas y periodistas  más interesantes de la nueva generación, hay que huir de esa dialéctica amigo-enemigo de la que hablaba Carl Schmitt, según la cual la política se construye por oposición a ese  “enemigo político”. Llevamos demasiado tiempo fomentando una forma de hacer las cosas que consiste en la criminalización del adversario, y eso a medio-largo plazo suele tener consecuencias políticas y sociales fatales. Ya sabemos, por referirnos a un caso cercano que todos conocemos, cómo el discurso del odio en la Segunda República creó un caldo de cultivo de crispación e inestabilidad que acabó derivando en varios intentos de golpe de estado por parte de ambos bandos, hasta el definitivo por parte del General Franco, y los posteriores 40 años de una vergonzosa y criminal Dictadura.
No digo, ni mucho menos, que estemos en circunstancias parecidas ni pretende este escrito convertirse en un texto apocalíptico respecto a otra posible contienda nacional. Pero sí creo que debemos aprender de los errores y enfocar las cosas de otra forma. Por mi parte que no quede. Ahora que viene en camino mi segunda hija, me niego  a aceptar el hecho de que esas nuevas generaciones hereden un país cautivo de sus odios. No quiero tener que pasar la vergüenza de explicarles un día dentro de muchos años que, al contrario que la generación de sus abuelos, que lograron reconciliar a este país con una Transición imperfecta pero imprescindible (a pesar de que ahora algunos quieran manchar aquello), la generación de sus padres volvió a enfrentar a las dos Españas, sólo que ahora, tristemente, las habían convertido en cuatro.

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Coke González

Licenciado en Ciencias Políticas , acumula ya años de trabajo en el sector público, actualmente coordinando un Programa de Ayudas a ONG´S. Escribe habitualmente, como terapia, sobre aquellos temas que más le inspiran. Se muestra encantado de poder abrir esta pequeña ventana a la Reflexión, donde intentará aportar su visión semanal de la actualidad.

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