Está claro que no aprendo. Sé que no es sano, que tengo algunos hábitos que deberían desaparecer con urgencia de mi rutina diaria, y aun así soy incapaz de resistirme. Mi gata, ese despertador tan elegante que vive en casa, ha decidido que es hora de que salga de la cama y me lo hace saber con un concienzudo masaje en la cara y un rosario de maullidos lastimeros directos al tímpano. Me levanto, le cedo el sitio, me preparo un café –otro de esos vicios- y me siento frente al ordenador. Sé que no debería, que a esas horas el cerebro todavía no está cuajado del todo y puede resultar peligroso, pero aun así, lo hago: leo la prensa.
Así, de plena mañana y en ayunas, me doy un paseo por las portadas de dos o tres diarios y me entrego como un inconsciente a esa especie de ruleta rusa que es leer las noticias. Y claro, depende del día: unos te desayunas una racioncita de bilis si de política va la cosa, o lo mismo te encuentras soltando la primera lágrima de la jornada antes siquiera de haberte comido una miserable tostada.

Cuando ya tengo mi dosis legal de realidad a la carta y la amígdala inconvenientemente estimulada, acabo abandonándome al descanso del guerrero en los artículos de opinión, y toca @Barbijaputa. La de hoy es una entrada ácida, certera, cruda y necesaria. Barbie escribe desde las tripas, y eso tengo que admirarlo. No es amable, ni condescendiente ni maldita sea la falta que le hace. Solo es necesario darse un garbeo por la sección de comentarios –ese cul-de-sac del razonamiento humano- en cualquiera de sus artículos para darte cuenta de que levanta ampollas entre mis congéneres. Legiones incansables de tipos y tipejos de toda clase y condición, que sienten la imperiosa necesidad de ocupar sus momentos en el wáter, rebatiendo todos y cada uno de los argumentos que el feminismo de esta mujer pone, porque es necesario, encima del tablero común. Hay comentarios engañosamente amables, otros expuestos con seriedad académica, y por descontado y ganando por mayoría absoluta, los hay tan despectivos, condescendientes, obsesivos y violentos que dan ganas de pedir la baja de género. La flor y nata del machismo patrio, vamos. Y no quiero ni pensar en los que los moderadores dejan en el cajón de lo censurable.

 

Así que como a estas alturas del día ya me he abandonado sin el más mínimo pudor a mis adicciones, me enciendo el segundo cigarrillo de la mañana y me dispongo a practicar el noble y denostado arte de la autoevaluación.Yo soy así, lo confieso: me va la marcha. Y es lo que tiene la hijaputa, que te lo pone bien fácil. Con sus palabras te coloca frente a un espejo incómodo en el que mirarte. Como esos de baño de gasolinera, iluminados por una luz de neón inmisericorde, de los  que te hace descubrirte en la frente cicatrices de granos que te explotaste en la adolescencia. Cuando  tengo el progre subido, cualquiera de sus artículos de me hace descubrirme en pequeños –o grandes- renuncios machistas que me avergüenzan íntimamente. Me doy cuenta de que no vale con aplicarme la lija de grano gordo. No es suficiente que me sienta incapaz de comprender el impulso que alimenta a un violador, o que me horrorice la idea de ver como corre lento pero seguro, el contador macabro de las mujeres víctimas mortales de la violencia machista. No es suficiente con creer que trato a todas las personas por igual sin importar el género, ni tampoco lo es hacer activismo de salón y pulgar arriba. La cosa se pone más peliaguda cuando toca ser consecuente con esos pequeños detalles en los que estoy –estamos- tan plácida y masculinamente instalados.
Enciendo otro cigarro, y recuerdo esas charlas de amigotes en las que en alguna ocasión he probado a reprochar un comentario claramente machista, o a sacar el feminismo como tema de conversación, y en cómo la colección de miradas condescendientes y de comentarios irónicos que he recibido en respuesta me ha quitado las ganas de repetir la experiencia.
Y de pronto caigo en la cuenta de que ahí reside el meollo del asunto; vencer la resistencia al cambio no es nada fácil. Y da igual que trate de feminismo, de compromiso con el medio ambiente, de derechos sociales… Cambiar, como individuo o como sociedad exige revisarse continuamente por dentro, encontrar las fallas y actuar en consecuencia, y eso es tremendamente incómodo. Cuesta deshacerse de las ideas preconcebidas, cuesta ceder nuestros privilegios, cuesta vencer la presión social, cuesta tiempo, esfuerzo y convicción.

Cuesta tanto, pienso mientras me preparo el segundo café reglamentario, que hay muchos que prefieren usar ese tiempo y ese esfuerzo en verter su diarrea mental en la sección de comentarios de cualquier artículo de opinión, precisamente para eso, para que nada cambie.
Yo por lo pronto, debería dejar de fumar.

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Luis Rod

Cantante en vías de civilización, un andaluz exiliado, hace tiempo fui viajero. Aprendiz de melómano, conversador fiel. A veces tengo algo que decir, y pierdo el pudor.

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