Hoy no estoy teniendo un buen día, otro semáforo en rojo. Todo ha empezado a primerísima hora de esta mañana, cuando me he despertado sobresaltado con los bramidos iracundos de mi vecino Sandalio, presidente de la comunidad,  del que me separa lo que calculo que es un tabique hecho de papel de fumar y nubes. “-¡Me da exactamente igual que el camión de reparto se haya averiado! –le he oído gritar a pleno pulmón, tan claramente como si lo hiciera desde dentro de mi propia cabeza -¡Son las 12:20 y he pagado un recargo ridículamente caro para tener aquí el envío antes de las 11:00. Esto es una estafa!”.
Aun aturdido por un despertar tan poco agradable, he intentado respirar hondo y devolver mis pulsaciones a un ritmo menos propio de un colibrí asustado, cuando la idea me ha asaltado la cabeza; ¡Mierda!, hoy es el día de entrega del artículo de “Reflexión” y no es que no haya empezado a escribir, es que no tengo ni la más remota idea de sobre qué tema hacerlo. Por fin verde, este tráfico me crispa los nervios. Llevo dándole vueltas durante la última semana, y no ha servido de nada. Cada vez que me encuentro con una temática mínimamente interesante, acabo descartándola por trillada, o por aburrida, o por abrumadora. La enésima farsa de formación de gobierno, la muerte de un torero y el posterior duelo fratricida en redes sociales, el Brexit, el olvido social y gubernamental ante la tragedia inmensa de los refugiados… No he logrado decidirme, y cómo siempre que el tiempo se me echa encima de esta manera, asoma mi yo más pesimista, aun en pijama, para sugerirme que quizás esto de escribir me venga demasiado grande.
He intentado calmar los nervios bajando a desayunar algo en el bar de la esquina, antes de salir pitando para el ensayo. Tan angustiado estaba con la idea de no llegar a tiempo con el artículo, que he rechazado mi acostumbrada ración de codillo y chucrut y sólo he acompañado el café con media tortilla de patatas y cebolla, que sabía a culpa y  desesperación. –Imbécil, imbécil, imbécil, -me he repetido en voz alta mientras apuraba los últimos trozos de patata que aun flotaban en el café. -No vas a cambiar en la vida, ¿verdad? Todo en el último momento, todo con prisas, todo a medias… La mirada desconfiada del camarero me ha indicado que era hora de marcharme.

Magic_Roundabout_in_Hemel_Hempstead
Para cuando he llegado al local de ensayo, mi nivel de ansiedad había superado lo recomendado por la mayoría de veterinarios. La idea de repasar una vez más  el “Aquarius” de Raphael no ayuda lo más mínimo pero, por suerte hoy venía Bruno, el batería y sabía que por lo menos, charlando con él iba a distraerme un rato de la sensación de angustia que tenía aferrada al pecho como un koala con pánico a las alturas. Dicho y hecho. La banda  ha salido al bar en un breve y merecido descanso de media hora, para recuperarse del esfuerzo de haber afinado los instrumentos, y Bruno y yo nos hemos quedado en el local.
-¿Qué te pasa hoy, cenutrio?, -ha comentado con la mirada perdida,  -No estás en lo que estás. Has desafinado tanto que me han dado ganas de meterme un dedo en un ojo, apretar hasta llegar al cerebro, y luego remover. ¿Has pensado en retirarte y montar algo más acorde con tus capacidades, como una mercería?
-Ufff, ni me lo recuerdes, -respondo. Voy con la hora pegada al culo, como de costumbre. Tenía que haber entregado el artículo ayer, y ni siquiera se sobre lo que voy a escribir. Y lo peor es que, aunque me pone de los nervios no haberlo hecho, no me arranco. No se… Me estoy temiendo otra noche en blanco, como la última vez.
-Ahhh, ¿Ves? Ya decía yo que algo te ocurría. Pues fíjate que casualidad, hace poco leí algo al respecto en la revista del colegio de taxidermistas. Eso que te sucede tiene un nombre, chaval… Mira, me pillas en un buen día y no me importa aportar algo de luz a ese mundo interior tan estéril que intentas disimular leyendo a Steinbeck. Se llama procrastinar, indocto. Posponer algo que requiere tu atención, y sustituirlo por otras cosas más intrascendentes o agradables, como por ejemplo hablar conmigo. Hoy es tu día de suerte, Rod. Hasta hace poco eras un vago de mierda sin la menor fuerza de voluntad, y ahora, gracias a los avances de la ciencia y a mi afición por la caridad hacia los seres inferiores a mí, tienes un síndrome. Reconoce que es un gran avance. Eres un procrastinador crónico, además de un cantante mediocre. De nada.
-Yo también te quiero, aunque seas un cretino.

procrastina

Lo cierto es que el resto del ensayo se ha hecho bastante más soportable gracias al concepto que tan amablemente Bruno ha dejado caer en la conversación, pero el alivio ha durado más bien poco; lo justo hasta despedirme de los chicos, subirme al coche por segunda vez en el día y caer en la cuenta de que, a las horas que son, el tráfico hasta casa va a ser un suplicio bíblico.
Otro semáforo más en rojo me da unos segundos para abrir la guantera y alcanzar el paquete de cigarrillos que tengo reservado justo para estos momentos de tedio, y enciendo uno justo a tiempo de reanudar una marcha a trompicones que sé que durará al menos otros 40 minutos. Pienso que tengo que dejar de fumar de una vez por todas, y mientras la memoria de mis músculos entumecidos se encarga de cambiar las marchas y ajustar velocidad y dirección, caigo en la cuenta por primera vez de que la radio lleva encendida un buen rato. Alguien entrevista a alguien acerca de algo y aunque no he prestado la más mínima atención, la última frase del invitado  queda como suspendida en el aire, y capta repentinamente mi curiosidad;
– … y al hilo de lo que acabas de mencionar, no podemos hablar de las conclusiones de Max Planck, sin remitirnos a una de las máximas budistas por excelencia; “El secreto de la salud para la mente y el cuerpo reside en no lamentarse del pasado, no preocuparse por el futuro y no anticipar los problemas, sino en prestar atención plena al momento presente, seria y sabiamente…”

Meditation_-_Malmö-1983
La idea me deja completamente aturdido, como si acabara de despertar de un coma profundo y oscuro. Había escuchado esa cita en más de una ocasión y sin embargo, nunca me había parecido más que un aforismo interesante y un poco “Neo Newage”. Pero esta vez, sin previo aviso, me atraviesa el pensamiento como un cuchillo afilado, como un rayo de sol colándose por primera vez en años a través de la ventana de una mansión abandonada. Como una epifanía. Ahí reside el secreto… en algo tan sencillo como prestar atención al momento presente y tan complejo como la conciencia plena. Toda esta ansiedad, este miedo y esta inseguridad que me sacuden, sólo son producto de no estar viviendo el momento. Me empeño en ocupar mi pensamiento convulsamente, entre un pasado inalterable y un futuro que no existe, no dejando que el “ahora” fluya en mí. ¿Cómo no he podido darme cuanta antes?
Y entonces, esa sensación; todo se vuelve borroso a mi alrededor, el tiempo se ha detenido en seco y me doy cuenta de que ya no soy acapaz de definir los límites de mi propio ser físico. Los átomos de mi cuerpo comienzan a mezclarse en un todo continuo con los átomos que conforman mi ropa, el  asiento del coche, la carretera, con cada una de las partículas minúsculas que dan forma a la ciudad entera. Comienza a invadirme una inmensa sensación de gozo, de alivio intenso. Mi conciencia, liberada de la cárcel de mi yo corpóreo, comienza a expandirse hacia el infinito, y me siento como un recién nacido, bautizado por inmersión en un océano  de energía única y primigenia. El universo entero ha cobrado sentido en un instante y si me doy la vuelta con la suficiente rapidez, podré sorprender a Dios manejando los hilos de este cósmico teatro de marionetas que es nuestra existencia…
En esas me encuentro, cuando el grito histérico de una niña que juega en la acera me saca del trance. Casi por instinto clavo el pie en el freno y logro detener el coche, entre chirriar de neumáticos y sudor frío, a escasos centímetros de una señora de unos 70 años con el pelo azul y un gran ramo de gladiolos en los brazos. Se queda petrificada en mitad del paso de cebra, me dirige una mirada entre furibunda y aterrorizada, aún con los ojos desorbitados del miedo y me grita:
-¡¡¡Prestá atención cabeza de termo, vas a matar a alguien!!!.
Pido disculpas con un gesto avergonzado, reanudo mi camino intentando recomponerme, y pienso en Max Plank, y en las terceras elecciones, en mi manía de dejar todo para el último momento y en que Buda es una señora argentina de edad provecta saliendo de una tienda de centros de mesa y arreglos florales.

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Luis Rod

Cantante en vías de civilización, un andaluz exiliado, hace tiempo fui viajero. Aprendiz de melómano, conversador fiel. A veces tengo algo que decir, y pierdo el pudor.

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