Gran vía de Madrid. Son las cinco menos cuarto y aún me queda media hora para entrar al siguiente ensayo. El tiempo justo para tomar mi quinto café del día. Huyendo del tráfico y del gentío que camina apresurado, dirijo mis pasos a una de las bocacalles laterales buscando un local apetecible. Paso por delante de “The cupcake company” y de un “starbucks fun&friends”, y la idea de dar vueltas buscando un sofá orejero libre para tomarme un “cafespuma” en vaso de cartón con mi nombre escrito, me produce un picor muy desagradable en la amígdala, así que decido cruzar la calle. Acabo de encontrar el lugar donde acabará mi corto peregrinaje: “Casa Lucas”.
El bar está poco concurrido, un par de parroquianos en la barra y una señora mirando absorta la televisión sentada a una de las tres mesas de aluminio y formica que son el único mobiliario del desangelado salón.

 
Apoyado en el quicio de la puerta de la cocina, el dueño me recibe con una mirada a medio camino entre el hastío y el desprecio, se recoloca desganado una camisa que una vez fue blanca, y apaga la colilla que está apurando en un cenicero mal disimulado, junto al extractor.
Es difícil cerrar una transacción comercial con menos palabras de las que ese sujeto y yo usamos para que me sirva y cobre un horrible y templado café torrefacto. Justo lo que andaba buscando.
Con la batería del móvil muerta y unos deliciosos 20 minutos de la más “absoluta nada” por delante, me dispongo a probar el mejunje cuando una frase pronunciada en voz más alta de lo normal, desvía mi atención hacia la conversación que tenía lugar dos banquetas mas allá, en la barra

 

¿Sabes que es lo más deshonesto y lo más rastrero que nos han hecho estos hijos de puta?- Me giro disimuladamente hacia ellos para satisfacer mi curiosidad de vouyer ante tan tajante pregunta. Son dos tipos que rondan los 50, ambos con la calma en el gesto que indica que nadie los espera en las próximas tres horas.

 
-Te lo voy a decir, Juan-, continúa, -Lo peor no han sido los recortes, ni las bajadas de sueldos, ni siquiera, fíjate, todo lo que han trincado a manos llenas estos ladrones… ¡Lo peor es que han encogido hasta el ridículo la medida de nuestros sueños!- El tipo ha logrado toda mi atención… – Antes soñábamos con progresar, con medrar poco a poco en nuestra profesión, ahorrando un pico que nos permitiese una vida desahogada cuando fuésemos viejos. Algún viaje quizá, con un poco de suerte una casa en el campo para que los niños tuviesen un sitio donde desfogar el fin de semana… ¡Y míranos ahora Juan! Hoy en nuestros sueños nos limitamos a suplicar desesperadamente por un trabajo de mierda, el que sea, que nos permita pagar el alquiler y no tener que sacar a la abuela de la residencia para ir tirando con su pensión… ¿Te das cuenta de lo miserable que es eso?. Somos esclavos modernos compadre, más vale que nos vayamos haciendo a la idea.-
Vuelvo a girarme dándoles la espalda con la idea aun quemándome en la mente como un hierro candente. “Han encogido la medida de nuestros sueños…” Que genio en la sombra el paisano. Esta te la robo. Y de repente me acuerdo de un poema de Yeats, que además es el único que conozco:

“Si tuviese los ropajes bordados celestiales
Repujados con luz dorada y de plata,
El azul, lo sombrío y oscuro
De la noche y la luz y a media luz
Extendería los ropajes bajo tus pies:
Pero como soy pobre, solo tengo mis sueños
He puesto mis sueños bajo tus pies;
Pisa con cuidado porque pisas mis sueños.”.

Me saca de mis cavilaciones el volumen de la conversación, que no ha dejado de ir en aumento, pero que ahora rebasa lo aceptable, y justo cuando me dispongo a marcharme, la señora sentada a la mesa se da la vuelta con gesto furibundo, y se dirige airada a los dos señores que conversan ajenos a todo.

“¡Muy lindo todo que dicen, che! ¿Pero serían tan amables de bajar la voz?. ¡Estoy intentando escuchar algo importante, CARAJO!

Se hace un silencio inmediato en la sala, y en el aire queda flotando la narración que desde la pantalla de la T.V. hace una reportera vestida con un abrigo improbable, desde alguna playa “Al menos 30 refugiados, entre los que había al menos 5 niños de entre cuatro y seis años, han muerto esta madrugada al naufragar la precaria embarcación en la que navegaban, al este de la isla de Lesbos. Diez de los ocupantes de la embarcación han sido rescatados por la autoridades Helenas, y otros tantos se encuentran aun desaparecidos…”

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Recojo la chaqueta, me despido con un escueto “…staluego” y salgo del bar con la cabeza baja y una sensación muy incómoda en la boca del estómago. “Tengo que buscar una óptica” me digo. “Necesito tratarme con urgencia esta miopía del primer mundo”.
Y mientras me vuelve a absorber la marea humana que recorre las aceras de la Gran vía pienso que mi oftalmóloga es una señora argentina de edad provecta.

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Luis Rod

Cantante en vías de civilización, un andaluz exiliado, hace tiempo fui viajero. Aprendiz de melómano, conversador fiel. A veces tengo algo que decir, y pierdo el pudor.

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