Hay bolos que caen del cielo y te salvan un mes de mierda, y éste es uno de esos.  Alta en seguridad social, pagado casi dignamente, los compañeros de la banda son más que soportables, y ni siquiera los 550 km. que llevamos  a las espaldas han logrado empañarme el buen humor del que vengo hoy.
-Llegamos tarde de pelotas. La prueba de sonido es a las 12:30 y todavía nos queda comer un buen rato de tráfico para llegar al centro… ¡Joder, joder, joder!  -oigo maldecir entre dientes a Bruno, el batería, que lleva las últimas tres horas conduciendo sin parar y que calculo que está a dos semáforos de distancia de una embolia- ¡Te juro que la próxima vez que llegues media hora tarde, me voy sin ti. Y ya verás cómo te las apañas para llegar a la actuación, tú y tu puto contrabajo de mierda. ¿Me oyes, “Mr. melasudatodoelmundo”?”
– No te calientes, no te oye, -digo,  disimulando la sonrisa- Lleva roncando desde que salimos de la gasolinera. Él y el resto.
-¿Es él? Estaba convencido de que transportábamos una morsa tísica en el asiento de atrás. Que desagradable es, ¡por dios! –dice mientras lo busca con la mirada en el espejo retrovisor. Menos mal que por lo menos toca de cojones. ¿Qué era lo de hoy, una boda?
-Mira a la carretera, imbécil –le respondo mientras piso con fuerza un freno imaginario- No, es una fiesta privada, o una convención, o alguna historia de esas. ¿No lees los whatsapp? ¡Que mires a la carretera, hombre!
-Que mal me caes…
-No sabes cómo te desprecio, -respondo- si te conociera ahora, no serías mi amigo, que lo sepas. Pero te he pillado cariño, como a un perrillo abandonado. Oye, ¿leíste lo que te mandé?
-¿El artículo de Owen Jones que publicaste ayer en Facebook? Si tío, brutal. Creo que lo compartí, ¿no? Me parece que el tipo da en el clavo. Nos han hecho creer poco a poco que somos clase media, y nada más lejos de la realidad. Somos clase obrera, pero hemos olvidado lo que es tener conciencia de clase. Nos la han metido doblada, y hemos caído como pardillos. Aire acondicionado en la oficina, smartphones, conexión de fibra óptica, un poco de fútbol y de porno online y de repente nos creemos en otro escalafón social que la chica que limpia el portal de tu bloque. Clase media si, mis huevos morenos.
-Como se nota cuando lees a Whitman por la mañana…  -Si tío, eso es. Y lo peligroso es que con la desaparición de la conciencia de clase, desaparecen también las luchas por los derechos fundamentales de los trabajadores. Los estamos dando por hecho, como si fueran algo inamovible y nos los están robando uno a uno, mientras miramos cómo una vaca mira la vía del tren. Menuda caraja tenemos, en fin… Oye, llegamos tarde, del verbo tarde, ¿no? ¿Cuánto queda?
-Si no asesino al próximo indeseable que se me cuele sin intermitente en mi carril, unos cinco minutos. ¿Bueno, y qué me dices?
-¿Qué te digo de qué?
-De las elecciones, ¿de qué va a ser? –dice mientras se enciende el enésimo cigarrillo del día-. Lo pienso y te juro que me pongo de los nervios. Cuatro años más del cerámico de Talavera, me dan ganas de pirarme de España, que no es cosa menor. Te lo juro ¿Cómo puede seguir votando la gente a un partido que ha demostrado estar podrido hasta los cimientos? Joder, es que me pongo de mala ostia. Con lo que han malversado, robado, y adjudicado a dedo, más lo que estafan  a hacienda, nos hubiéramos ahorrado los recortes en educación o sanidad.
-Ya vi tu post del otro día, sí. Y por cierto, yo si te doy likes, no como tú, que parece que te los cobran.
-Hípster.
-Tu padre sí que es hípster. Pues eso,  que es lo mismo de lo que veníamos hablando, -continúo- ¡Pues claro que el PP ha ganado las elecciones! Hay millones de personas en este país que votan con conciencia de clase, sí, pero de la clase equivocada. Obreros que creen que un partido liberal representa sus intereses. En fin… ¿Cómo era eso que decía Huxley? Ah, sí: “Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, una cárcel sin muros en la cual los prisioneros no soñarían en evadirse. Un sistema de esclavitud donde, gracias al sistema de consumo y el entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre”.
-¿Eso no es de un GIF donde salía un gato con gafas leyendo el New York Times?
-Sí, también. Esta vez parecía que estaba más cerca. Con lo de la confluencia de Podemos, IU y las mareas… Aunque dudo que aun así hubiera gobernado la izquierda, sinceramente.
-Ya, leí tu artículo del “Reflexión” de la semana pasada. No estuvo mal, aunque le faltaba chicha, para mi gusto. Datos, ya sabes. ¡Joder, que tarde es! Aparco aquí mismo y que sea lo que dios quiera.
-A ti sí que te falta chicha, gañán. Al menos yo escribo algo, intento ser activo en las redes, no sé… aportar mi pequeña parte a la lucha. ¿Qué haces tú si se puede saber?
-Soportarte, o lo que es lo mismo, soportarte. ¿Sabes lo que venía pensando?  –dice mientras se le dibuja una mueca amarga en los labios-.
-¿Qué?
-Que no somos iguales, ni lo seremos nunca. Libertad, igualdad y fraternidad, por los cojones.
-¿Iguales a quién? –pregunto intrigado.
-A ellos. A los de arriba, los que de verdad reparten el cotarro. Iguales a los que blanquean en Panamá, a los del volquete, al 40 por ciento más de millonarios que ha dejado la crisis.
-¿Y puedo saber por qué? Ilumíname, Karl Marx.
-Porque ser iguales,  significa compartir un destino común, amigo mío. Y está claro que el nuestro y el suyo no juegan en la misma liga, ni siquiera hablamos del mismo deporte. Tú y yo estamos más bien jodidos. –dice mientras pone punto muerto y quita la llave del contacto, como un epílogo.  Despierta a estos cabrones, llegamos tarde.
Mientras nos dirigimos al garito, amplificadores e instrumentos en mano, voy ensimismado en mis pensamientos. “Compartir un destino común”, que genio en la sombra el amigo Bruno. Y se me viene a la cabeza el Sorpasso, y las encuestas, y el teatrillo que se nos viene. Los pactos, los “yo nunca dije vetos”, y  los “España no se merece una terceras elecciones”, y me pregunto una y otra vez que más se puede hacer.
Y en esas me encuentro, redefiniendo yo solito la izquierda, cuando me saca de mis cavilaciones un grito desgarrador. Caigo de repente en la cuenta de que la calle está mucho más transitada de lo normal, y de que un grupo de gente está reunida, mirando algo que sucede en un portal, a unos metros de mí. Me abro camino entre el gentío hasta colocarme en primera fila del corrillo, movido por la curiosidad y de repente la escena me golpea como un directo al mentón. Furgones, sirenas,  pancartas, fotógrafos, colchones, maletas, una vida empaquetada a toda prisa y un cordón policial que rodea el portal de una casa, increpado por un grupo de activistas. Y en mitad de todo el caos, una familia. Jóvenes, de unos trenita y tantos, con un  crío flacucho de unos 10 años agarrado con fuerza a la mano de su viejo.  Helados en el gesto, como un ciervo cegado por los faros de un coche, dejándose llevar dócilmente con la mirada vacía y aterrada hacia uno de los furgones.
-Habían logrado detener el desahucio dos veces, pero esta no ha podido ser… -se escucha susurrar a alguien enre la multitud. Han tirado la puerta abajo hace un rato, y ya los han sacado.
Los gritos se van apagando dando paso a un silencio helado, pero la voz quebrada que me había sacado de mis pensamientos, sigue repitiendo una y otra vez -¡No es justo! ¡No tienen ningún sitio a donde ir! ¡No es justo!” –Es una señora de unos 70 años con el pelo azul y acento porteño, que ajena a la aceptación general, sigue increpando al policía que los guía hacia la lechera, haciendo ademán de golpearle con el bolso. – ¡Dejadlos en paz!, ¿No veis que tienen un hijo? No tienen sitio a donde ir… ¡Que alguien haga algo por favor…!
En ese momento, mientras busca ayuda desesperada entre todos los que nos encontramos contemplando sobrecogidos la escena, cruza su mirada conmigo. Y mirándome a los ojos, con los suyos llenos de rabia y desesperación, me grita:  “-¡No te quedes ahí quieto como un pelotudo, nene! ¡Hacé algo! ¿¿No te das cuenta de que no tienen ningún sitio a donde ir??.
-Llegamos tarde –oigo decir a Bruno detrás de mí.
Retiro la mirada avergonzado y reanudo la marcha, abriéndome paso entre el tumulto, cabizbajo. Y pienso en mi mierda de activismo de salón, y en los “Jesuis” y en las banderas en la foto de perfil y en que ser iguales requiere compartir un mismo destino.
Y pienso que Karl Marx es una señora argentina de edad provecta, con una camiseta de Stop desahucios.

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Luis Rod

Cantante en vías de civilización, un andaluz exiliado, hace tiempo fui viajero. Aprendiz de melómano, conversador fiel. A veces tengo algo que decir, y pierdo el pudor.

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