Llevo tres días en estado de shock. Los terribles virus, que desinteresadamente mi hijo me regala con asiduidad desde que empezara la guardería, terminaron con mis huesos en un confinamiento forzado y el consecuente abandono de mis obligaciones laborales. Dada mi condición de autónomo queda fuera de toda duda la gravedad de mi estado, con lo que procedo a relatar, sin más preámbulo, los motivos de mi sobrecogimiento:

En vez de cama y libro, puesto que me dolían los ojos y toda concentración estaba dirigida a no defecarme encima, opté por sofá, mantita y tele. Hacía mucho tiempo que no me “dejaba hacer”, así, tan vulnerable como estaba. Mi única arma: el mando a distancia. En un principio mi intención era abandonarme a la monotonía de algún programa matutino y recuperar alguna de las horas de sueño perdidas en el WC esa misma noche. – Quizá me despierte mejor y pueda hacer algo de provecho – Pensé ingenuo. No pegué ojo.

Tras zapear con desidia a través de tropecientos canales, me di de bruces con capítulos de Friends a granel en no sé qué cadena, – ¡Genial! –. Acomodé postura y me dispuse a pasar el rato con Ross, Rachel y compañía. Las primeras interrupciones (acometidas infernales) pude esquivarlas a golpe de botón, ágil y veloz; – cualquier cosa antes que esos malditos anuncios – Me dije brabucón. Pero como de costumbre, tras varios envites, los escudos se debilitan, las fuerzas flaquean y acabas sucumbiendo a la desesperanza (No ayuda que el mando quede a veces lejos de tu alcance). ¡Te van a brear!. Y te dices – Es igual, no me afectan las soflamas comerciales; a mi no –

Que vivimos en una sociedad rendida al consumo y al hedonismo no es ya ninguna entelequia. Basta con mirar, apenas unos minutos, a esa diabólica caja tonta (hoy granja de hormigas) para verificar tal aseveración. No sólo los anuncios nos confirman la hecatombe; los programas de mayor audiencia, los informativos, series y películas, también reflejan, si se quiere reparar en ello, una sociedad absolutamente imbuida en el absurdo.

ALDOUS HUXLEY photo

Photo by Abode of Chaos

Si bien es cierto que llevamos años empeñados en no virar el rumbo que nos lleva directos a los designios de Huxley o Bradbury, es hoy, más que nunca, cuando observo que, quizá, ya somos parte de sus históricas distopías. Al menos, podría valer este, el momento en el que nos encontramos, de un hipotético comienzo para ambas historias sin desentonar nada en absoluto. (Cuándo dejarán de parir las mujeres, o los bomberos empezaran a quemar libros, no lo sé; pero lo realmente descorazonador es que no me sorprendería del todo)

Y es que hemos llegado al punto en el que se nos presenta (vía anuncio) la opción de no salir de casa para comprar, lo que sea, como corolario de nuestras necesidades. No sólo no nos extraña el anuncio, que nos muestra la terrible imagen, sino que nos parece ideal. Con una simple tablet podemos colmar todo anhelo humano y “es bien”, como ridículamente se dice ahora. Después, sólo quedaría informar debidamente en facebook, twitter o instagram, a la ingente cantidad de personas que allí tengo tasadas como amigos y que no conozco, y habremos hecho el día.

No digo, no se me malinterprete, que la imagen absurda de millones de personas en un centro comercial sin alma con trescientas bolsas a cuestas me seduzca en absoluto; es aterrador igualmente. Sólo digo que vamos dando los pasitos precisos hacia la integral des-socialización a la que nos dirigimos indefectiblemente. Y que, además, acogemos de buen grado y con cierto regocijo este desligarse del ser social que en realidad somos. Nos pensamos cada día más libres al desprendernos de fútiles ataduras, cuando la realidad es harto contraria; apenas nos quedan recodos de libertad tangible. “Sin libertad de pensamiento (y de información) de nada sirve la libertad de expresión y acción”, ¡Ay,! Jose Luis Sampedro, cómo se te echa de menos

Y seguían golpeando:

Una crema que me hará veinte años más joven – ¿Para qué quiero aparentar 15 años?

Después una colonia que me facilitará relaciones sexuales con imposibles mujeres griegas de hace 2000 años. – No lo veo… –

Más tarde la posibilidad de apostar a cualquier cosa en este mismo momento con sólo abrir el ordenador. – ¡Ni loco!; no abriré esa puerta -.

Ahora un coche con el que adquiero el estatus que no ostento y que me abrirá las puertas a una vida de lujo y aceptación. – ¡Qué sinvergüenzas! –

Un actor mediocre simula que aguanta todo el día trabajando con una sonrisa perfecta gracias a un complemento vitamínico. Un feliz dibujito me invita a tomar no sé qué pastilla para que mi cerebro funcione mejor. Tropecientos dentistas me aseguran beneficios incuestionables acerca de una crema dental única. Ridículas parejas en ficticias entrevistas se animan a follar al fin, gracias a geles de placer. Etc,

Tras siete minutos (como me habían previamente amenazado), Chandler regresa para rescatarme con alguna de sus irónicas chanzas, pero es demasiado tarde. ¿Qué acabo de ver? ¿Dónde cojones vivo? ¿Qué nos ha pasado?

Así que, habiendo constatado que, efectivamente, vivimos en una sociedad perniciosamente subyugada al consumo y la comodidad, y que ya no nos vamos al garete, sino que estamos en él (el jodido garete es nuestro habitat), se han encendido en mi las alarmas de la inmediatez. O nos ponemos las pilas YA, o acabaremos siendo, en menos de lo que nos pensamos, ALFAS y OMEGAS en el peor mundo feliz.

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Ferdy Torres

Publicista, compositor y cantante, Ferdy es miembro de varias bandas madrileñas. Escritor frustrado, lector enfermizo y animalista convencido, emprende el reto "Reflexión" con ilusión y, sobre todo, mucho respeto.

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