Me desperté temprano el sábado. No eran todavía las 07.45 cuando me descubrí haciendo zapping entre la Doctora Juguetes y Peppa Pig. El motivo de mi temprano amanecer y de que sepa con certeza que Rebeca Rabbit no es el nombre de ninguna actriz pecaminosa, como podrán intuir los ávidos lectores y/o padres sufridores, tiene tres años y medio, se llama Cristina y es mi hija.
Una vez que le hube preparado el desayuno, y que ella se había enfrascado en el visionado de los dibujos animados, me preparé mi café con leche y encendí el ordenador para proceder a consultar las portadas de los principales periódicos nacionales. En los 45 jugosos minutos que Cris me concedió, devoré las portadas y algunos artículos de las versiones on line de El Mundo, El Español, El País y Eldiario.es…

 
Lo que más me llamó la atención fue un artículo de Jorge Bustos y su réplica de Pedro G. Cuartango en El Mundo, a colación del grado de importancia y foco mediático que debemos otorgarle a la corrupción. Bustos argumentaba con su mordaz pluma que por la atención que le concedemos en España al tema en cuestión, “parecería que la Colombia de Pablo Escobar”, por poner un ejemplo, “era un convento jansenista” al lado nuestro. No es que tratara de quitarle hierro al problema de la corrupción, pero sí la enmarcaba dentro de un pasado cleptocrático, incidiendo en que el presente de este país está lleno de enormes desafíos que no podemos dejar de afrontar sólo por el hecho de que los partidos políticos ocupen la mayoría de su tiempo en tirarse imputados a la cabeza unos a otros.

 
En su réplica, Cuartango admitía que la tesis de Bustos le había forzado a reflexionar sobre el asunto, si bien no le había convencido del todo, ya que intuía que no era sólo pasado, y creía que en los próximos meses íbamos a continuar asistiendo “a un espectáculo nauseabundo que pondrá en evidencia hasta dónde llegaron esas prácticas que han acabado por arruinar la credibilidad de nuestra democracia”.

 
Como al gran Cuartango, la lectura de ambos artículos me llevó a un debate interno y posterior reflexión. Veamos. Parto de la evidente premisa de que la corrupción institucionalizada que hemos sufrido es absolutamente intolerable y creo que se debe combatir con todas las armas judiciales y políticas de las que dispone el Estado de Derecho en el que vivimos. También es cierto que creo que no habría manera más efectiva de luchar contra ella, que ejercer el poder democrático del pueblo en las elecciones, y aplicar el merecido voto de castigo hacia las formaciones políticas en las que se demuestre que la corrupción ha sido algo generalizado y poco perseguido a nivel interno…y esto vale para el Partido Popular en Valencia, CiU (o lo que queda de ella) en Cataluña o el PSOE en Andalucía, por citar sólo algunos de los casos más tristemente célebres. Pero caben algunas puntualizaciones ante esta controversia.
En primer lugar, creo que no es justo afirmar que la credibilidad de nuestra democracia está arruinada, en todo caso lo que está arruinada es la credibilidad de muchos de nuestros actuales partidos políticos. Pero el hecho de que no paren de destaparse nuevos casos, se sigan abriendo investigaciones para acabar con redes clientelares, y no paren de surgir nuevos imputados/investigados por casos de corrupción, lejos de ser un hecho a apuntar en el debe de nuestro sistema, ha de apuntarse en el haber. La corrupción existe, por supuesto, pero el sistema lo detecta y la persigue, aunque a veces, eso sí, con desesperante lentitud.
Prueba contundente, en mi opinión, de que el mal no debe achacarse tanto al sistema como a los partidos que lo componen, es que durante los últimos cuatro años se ha intensificado el acoso judicial contra el PP, coincidiendo precisamente con un período en el que los populares habían obtenido mayoría absoluta tras las elecciones de 2011. Eso sería impensable en otros países en los que realmente sí existe un problema intrínseco del sistema que protege a los corruptos en el gobierno y manda a las cárceles a la oposición. Inconcebible la tibieza con aquellos lodos de muchos de los que aquí ponen el grito en el cielo, pero como decía el inolvidable Moustache en Irma la Dulce, eso es otra historia (y otro artículo)…
No negaremos tampoco que en nuestro país en determinados casos se ha hecho uso fraudulento de algunas figuras o instituciones democráticas, como es el caso de los intentos de politización por parte del PP del Fiscal General del Estado, pero incluso cuando así ha sucedido, como en el inverosímil caso de los tuits de Zapata, la propia justicia ha desautorizado al Fiscal archivando el caso por considerar que no existía rastro del delito señalado por la Fiscalía.

 
Seamos realistas, la corrupción no es algo nuevo en España. La corrupción económica fue un rasgo innegable de la dictadura franquista, y estuvo muy extendida, siendo además evidente la implicación de la clase política en la misma. Y como dice Paul Preston,” esos hábitos en mucha gente en los primeros años de la Transición fueron difíciles de cambiar”. El famoso hispanista británico va más allá cuando afirma “que con Franco no se inventó la corrupción, en España ya estaba antes con el Lazarillo, la picaresca o la corrupción de la clase política en el siglo XIX”. Sirva esto para poner las cosas en cierta perspectiva, y saber que esta lacra siempre estuvo aquí, sólo que ahora se la combate desde el propio sistema, y los medios de comunicación y en concreto la telecracia en la que vivimos, se encargan de hacer verdaderos seriales de cada uno de los casos, a los que nos referimos por sus nombres clave como si se tratara de cualquiera de nuestras series favoritas: Púnica, Eres, Taula, El Clan de los Pujol…
En definitiva, aunque suene políticamente incorrecto, creo que el sistema en términos generales está cumpliendo su parte del pacto. Somos nosotros, los ciudadanos, los encargados ahora de darle la puntilla definitiva a los corruptos. No puede ser que nos quejemos amargamente y nos llevemos una mano a la cabeza, mientras que con la otra introducimos el voto en la urna en favor de partidos que no han demostrado ser contundentes en un tema en el que se juegan, ellos sí, nada menos que su credibilidad ante el electorado. Que el único partido que realmente se enfrentó a los corruptos hasta el punto de romper moldes y llevarles a los tribunales, como fue UPYD (cero imputados en 9 años) esté fuera de las instituciones y al borde de la desaparición, habla a las claras de la importancia real que hasta ahora le hemos dado como sociedad a esta cuestión, por mucho que luego se nos llene la boca de dignidad a la hora de denunciar a los ladrones, y la corrupción ocupe desde hace tiempo los primeros lugares en las preocupaciones de los españoles según las encuestas del CIS.

 
Este tipo de incoherencias en nuestra actitud como sociedad obliga a traer a colación una vez más aquella frase memorable atribuida según la versión más extendida al mozo de estoques de Joselito El Gallo, quién, procedente de Sevilla ,se sobresaltó con el bufido de la locomotora ya detenida en la estación de Atocha. Se giró, y con gracia y altanería, respondió: «Esos cojones, en Despeñaperros».foto-joselito-el-gallo

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Coke González

Licenciado en Ciencias Políticas , acumula ya años de trabajo en el sector público, actualmente coordinando un Programa de Ayudas a ONG´S. Escribe habitualmente, como terapia, sobre aquellos temas que más le inspiran. Se muestra encantado de poder abrir esta pequeña ventana a la Reflexión, donde intentará aportar su visión semanal de la actualidad.

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