Hoy la vi.

Una mujer, de manera compulsiva, activa, una y otra vez, la tecla “repeat” del reproductor de audio de un monovolumen color verde aceituna. Las lágrimas cubren su rostro bello y maduro. Reclina la cabeza hacia atrás, como queriendo retrotraerse a un tiempo muy lejano, casi perdido en los anaqueles de su memoria:

 

Mil novecientos ochenta y cuatro rasgaba sus primeros acordes la noche en que sonó el teléfono en casa de Enrique. La voz de Eloisa, llorando al otro lado del cable, endosaba un gancho directo al mentón de de un alma atormentada:

-No puedo volver a verte. Por favor, no me lo hagas más difícil. Adiós.

Después, el repicar de la línea en código morse, tartamudeando: fin, fin, fin…Enrique permaneció inmóvil durante un tiempo indeterminado: segundos, minutos, quizá años…

Hacía meses que Eloisa meditaba terminar la relación. Había querido a aquel chaval, frágil y enigmático, dotado de una potente personalidad y una mirada profunda, que escribía canciones tan bellas escupiendo a la alegría. Pero el globo había terminado por pincharse. Su adicción a la tristeza, combinada con sustancias poco recomendables, había agudizado su continua tendencia a la inestabilidad. Le había cambiado el carácter, acentuando su lado más propenso a la melancolía y el aislamiento. Enrique sólo encontraba su sitio en los besos de Eloisa, en esa forma de verse reflejado en su mirada, donde todas las piezas encajaban. Ella fue, sin ninguna duda, el gran amor de su vida.

 Transcurrió rápido el tiempo para Eloisa. Enrique quedó en el recuerdo como un amor de adolescencia, sin más poso que el que deja la espuma en una caña bien tirada. Él, sin embargo, jamás lo superó. Durante demasiados años llevó tatuado a fuego el estigma de aquel primer amor. Luego se refugió en los bares. En las canciones. En la melancolía…

 A pesar de todo, lo único que Enrique jamás le perdonó, fue el hecho de haber cortado la relación por teléfono. Se consolaba pensando que lo hizo obligada por sus padres, que se negaban a aceptar a aquel chaval taciturno y pendenciero, que hilvanaba quimeras a los ojos de su hija.

Sus vidas no volvieron a cruzarse hasta quince años después, en octubre de 1999. Fue una noche en el Honky, por casualidad. Charlaron brevemente en un encuentro frío, casi aséptico. Ella quedó en llamarle un día, para tomar café. Pero aquella llamada nunca se produjo…

 Un mes después, el 17 de noviembre de 1999, Enrique fue encontrado muerto en un portal de Malasaña, a causa de un explosivo cóctel , mal calibrado, de alcohol, ansiolíticos, barbitúricos y otras sustancias. En el bolsillo de su camisa hallaron un papel manuscrito, con un tema que había grabado días atrás.

———————————-

Por enésima vez, aparcado en algún lugar de Malasaña, en el reproductor de audio de un monovolumen color verde aceituna, se escucha esta desgarradora canción :

 

 

“Hoy la vi,

la nostalgia y la tristeza suelen coincidir.

Se rompieron mis esquemas,

después comprendí

que si ahora estoy así

es porque hoy la vi.

 

Y aunque no lo siento

luego no pude dormir,

y las puertas del recuerdo

cedieron al fin

y aquel miedo que sentía

hoy vuelvo a sentir.

 

Hoy la vi,

han llovido quince años

que sobreviví ,

yo creía que sabía

y nunca aprendí

que si ahora estoy así

es porque hoy la vi…”

 

(En memoria de Enrique Urquijo, líder de “Los Secretos” y “Los problemas”, fallecido en Madrid el 17 de noviembre de 1999 ,a la edad de 39 años).-

 

The following two tabs change content below.

Joaquín González

Enólogo, poeta y geógrafo en busca de su lugar en el mundo. Quizá ya lo haya encontrado.

Latest posts by Joaquín González (see all)

Pin It on Pinterest

Share This