La madrugada del 3 de Junio de 1997, el cadáver más bello del Rock&Roll fue descubierto flotando en las aguas de rio Wolf, a su paso por las cercanías de la calle Beale –la cuna del blues-, en la ciudad de Memphis. Cinco días antes Jeff Buckley y su roadie, Keith Fotei, habían aparcado la furgoneta en la rivera del rio, durante un descanso en las grabaciones del que iba a ser su segundo álbum de estudio, “My sweetheart the drunk”. Estuvieron charlando, escuchando música y jugueteando con una grabadora portátil que llevaban con ellos. En algún momento, y sin mediar palabra, Buckley se levantó, caminó lento hacia la orilla dejando el aparato junto a ella, y sin siquiera quitarse las botas se adentró en el agua mientras reía y canturreaba whole lotta love. Estuvo nadando durante unos segundos antes de que Fotei decidiera recoger el aparato, temeroso de que las olas provocadas por una embarcación que acababa de pasar fuesen a alcanzarla, y cuando levantó la mirada de nuevo, el cantante, de apenas 30 años, había desaparecido.
Con esta escena, digna de un epílogo visual de Jim Jarmush, terminaba la vida de uno de los artistas más fascinantes e influyentes de las últimas décadas. Jeff Buckley dejaba tras de sí un breve y deslumbrante legado musical –tan solo un disco de estudio; “Grace”- y una estela de profunda melancolía, rabia y poesía, que el tiempo y sus fans han terminado por convertir en leyenda.
Y cómo en tantas otras leyendas, el fantasma del padre muerto. Tim Buckley, el padre de Jeff había sido una figura de cierta relevancia en el panorama musical de principios de los 70 en los Estados unidos. Poseedor de un registro y una plasticidad vocal extraordinarias, Tim Buckley buceó sin complejos en las aguas del folk, del rock experimental y del jazz hasta encontrarse con una muerte temprana en forma de sobredosis de heroína, tras un concierto en Dallas, cuando apenas contaba con 28 años.
Jeff no había formado a penas parte de la vida de su padre, y de hecho creció separado de él, bajo el nombre de Scott Moorhead –el apellido de su padrastro- y no sería hasta años más tarde cuando decidiera volver a usar su apellido original.

Quién sabe si en un acto de negación freudiana, no comenzó como vocalista en el mundo de la música. Se graduó en el Musician’s institute de Los Ángeles, y tocó en varias bandas pero siempre como guitarrista, hasta que en 1990 decide cruzar el país para instalarse en New York. Es allí donde conoce a Gary Lucas, con el que empieza a tocar y componer, y justo con el que firma alguno de los temas que más tarde acabarían formando parte del maravilloso “Grace”. Y es justo en esa época en el que tiene lugar uno de los episodios más simbólicos y rememorados de la carrera musical de Buckley.

American musician and singer-songwriter Jeff Buckley (1966 - 1997) performs with Gary Lucas (left), on guitar, and singer Julia Hayward during the 'Greetings from Tim Buckley' concert, a tribute to his father, at Arts at St. Ann, St. Ann's Church, Brooklyn, New York, April 26, 1991. (Photo by Jack Vartoogian/Getty Images)

American musician and singer-songwriter Jeff Buckley (1966 – 1997) performs with Gary Lucas (left), on guitar, and singer Julia Hayward during the ‘Greetings from Tim Buckley’ concert, a tribute to his father, at Arts at St. Ann, St. Ann’s Church, Brooklyn, New York, April 26, 1991. (Photo by Jack Vartoogian/Getty Images)

La iglesia de St. Ann acogía esa tarde de otoño un homenaje en el que amigos, familiares y músicos recordaban la figura de Tim Buckley. En algún momento de la celebración, entra el joven Jeff, un completo desconocido para la mayor parte de los asistentes, y su asombroso parecido físico comienza a despertar los rumores y las miradas de los congregados allí. Buckley espera su turno y sube al escenario acompañado de su amigo Lucas, y tras unas breves palabras –”Esto no es un trampolín, esto es algo muy personal”- canta dos temas de su padre que dejan al público completamente en silencio. Imagino a veces ese silencio. Ese momento detenido en el tiempo, en que los testigos de ese bautismo musical comenzaban a asimilar lo que habían oído. Jeff había cantado por primera vez en público, y en su garganta no solo había resucitado su padre. Aquella voz tenía el tempo y la fragilidad de Billie Hollyday, la sensualidad carnal de Robert Plant y el misticismo de Nusrat Fateh Ali Khan. Aquella voz que de algún modo nacía en aquel mismo instante, estaba destinada a estremecer a toda una generación.
Es muy complicado, aunque tentador, intentar descifrar cual fue el proceso interno de Buckley respecto a la figura paterna, ya que él habló muy poco de aquel tema cuando se le preguntó en entrevistas posteriores. Desde la negación infantil hasta esa especie de obsesión ligeramente morbosa de la que algunos allegados a su padre fueron testigos. Algunos de ellos cuentan que Jeff, en aquella época, había llamado a su puerta vestido exactamente igual que lo hiciera Tim en la portada de su primer álbum, y adoptando la misma pose, con una media sonrisa burlona, apoyado en la pared. Parecía encontrar divertida la reacción que provocaba, debido a su enorme parecido con su padre.

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Fuera el que fuese aquel camino interior, lo cierto es que supuso una catarsis en la vida personal y artística de Buckley. Desde aquel instante comenzó a hacerse habitual en los cafés espectáculo del Greenwich Village, y a tocar de manera continuada en algunos de ellos como el “Sin-é” o “Arlene’s Grocery”, y fue allí donde su nombre comenzó a ser conocido en la escena musical. De aquellas noches newyorkinas se han rescatado grabaciones que reflejan con crudeza la vorágine musical y creativa que él cantante vivía en aquellos momentos. Cargado solo con una Fender, Buckley hacía suyo un repertorio compuesto de autores tan dispares como Nina Simone, MC5 o Van Morrison, junto con algunas de esas canciones que luego formarían parte de su único trabajo de estudio, Grace, y se dejaba llevar en monólogos inconexos y voluptuosos entre canción y canción.
Fue en aquellos días Buckley recibiría una oferta por parte de Columbia Records para grabar el que posteriori se convertiría en una de los discos más importantes de la historia del Rock.
Grace es muchas cosas además de un disco. Mucho más que una colección de canciones magistrales grabadas en un estado de inspiración y de musicalidad que solo pueden describirse usando ese mismo título que Buckley eligió para su disco: gracia.

 

Grace es una promesa compartida de eternidad, una esperanza fundada de música y poesía, un testamento, un viaje por el alma desnuda de un hombre con alma de mujer. El álbum abre con la oscura y desgarradora Mojo Pin, y desde el momento en que los armónicos de la guitarra acunan el primer gemido de Jeff, uno no puede más que rendirse a la oscuridad aterciopelada que Buckley despliega en cada uno de los temas. Un refugio de púrpura profundo del que no se desea salir jamás. Luego llegan grace, y last goodbye, que cobra una macabra dimensión tras su muerte. Luego Lilac Wine, embriagador y espirituoso y un So Real como una resaca de barbitúricos y alcohol. Y hallelujah, en la que Buckley rinde honores al inmortal tema de Cohen. Y sin apenas un respiro, Lover you should have come over, que te acierta como un disparo a bocajarro en la memoria del corazón y te deja herido y sangrando en el alma. Entonces arranca como un espejismo sonoro Corpus Christi Carol, un villancico medieval que en su momento adaptara Benjamin Britten, y en el que la voz de Buckley se eleva majestuosa hacia el firmamento. Y para finalizar, tres temas que son como la rúbrica de una última voluntad. Casi cómo si Jeff hubiese adivinado el final que no tardaría en llegar. Eternal life, dream brother –que suena como una coda lisérgica de Led Zeppelin- y Forget her, guardan algunos de los versos más inquietantes y premonitorios de todo el disco: “La vida eterna me espera, ya tengo mi brillante ataúd rojo, y solo necesito un último clavo. Hay un horizonte en llamas que grita mi nombre…”.

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El éxito tras la presentación del disco no tardó en llegar. Fue elogiado por crítica y público, y grandes artistas como Jimmi Page, o el mismísimo Dylan se deshicieron en elogios ante el magnífico disco y el extraordinario talento vocal de aquel chico de apenas 28 años.
Buckley y su banda comenzaron a girar por todo el mundo durante un tour de presentación, alguno de cuyos conciertos hoy se encuentran entre la discografía oficiosa más codiciada del artista.
Las malas lenguas cuentan que durante la época posterior a esta gira, fue diagnosticado de un trastorno bipolar que no había hecho más que empeorar en parte gracias a las tensas relaciones que mantenía con su discográfica, pero a pesar de ello, el cantante se traslado a Memphis, Tennessee, la cuna del blues, para grabar su segundo álbum de estudio “My sweetheart the drunk.
El 3 de Junio de 1997, fue descubierto su cuerpo, desnudo y solo reconocible por el piercing de su ombligo, en la rivera del río Wolf, a su paso por las cercanías de la calle Beale –la cuna del Blues-. Un pasajero del ferry que remontaba el río regularmente, diviso desde la cubierta el más bello cadáver del Rock and Roll, y en ese mismo instante nos quedamos huérfanos aun sin saber que lo éramos.

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Luis Rod

Cantante en vías de civilización, un andaluz exiliado, hace tiempo fui viajero. Aprendiz de melómano, conversador fiel. A veces tengo algo que decir, y pierdo el pudor.

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