Lo sé. Ustedes, ciudadanos de este rompecabezas al que algunos todavía (llámenme clásico) nos referimos como España, están tristes, confusos, cansados y bastante decepcionados ante el panorama político que se presenta delante de nuestros ojos para los próximos cuatro años. Algunos esperaban que unas hipotéticas terceras elecciones otorgaran al Partido Popular una mayoría más holgada, que le permitiera gobernar con cierta estabilidad y consolidar así los datos macroeconómicos que parecen apuntar ciertos indicios de mejora. Otros, sin embargo, conservaron casi hasta el final (hasta el final de Pedro, se entiende) la esperanza de que se produjera el milagro, y cuajara por fin esa alternativa representada en un gobierno de izquierdas multicolor, que acabara expulsando a Rajoy de la Moncloa de una vez por todas. Y algunos, en fin, simplemente esperábamos no tener que ver caer al parlamentarismo español hasta las cotas dialécticas y morales más bajas de su historia, y también mantuvimos la esperanza, hasta que apareció Rufián.
Pero no obstante, analizando todos los factores, podemos afirmar que existen algunas razones para el optimismo. Trataré de explicarme. Tras unos años acostumbrados a ver a Mariano pasando el rodillo parlamentario, ahora para sacar adelante la Ley Mordaza, ahora para aprobar la enésima reforma educativa, nos encontramos ante una situación inédita en la que el Partido Popular se verá obligado a pactar todo. Repito: todo. Cada ley, incluida la más importante de todas, porque de ella dependen todas las demás, como es la Ley de Presupuesto Generales del Estado, deberá ir acompañada de la búsqueda de diálogo, consenso y entendimiento, ya que sin eso será imposible que la legislatura avance con la mínima normalidad democrática exigible. Y que quieren que les diga, a mí eso me pone. En realidad así debería ser siempre si se respetara la esencia de lo que debe ser una democracia parlamentaria representativa, pero sus señorías nos tienen acostumbrados a tal grado de sectarismo y cerrazón política, que sólo llegan a entenderse por motivos egoístas de pura necesidad, como ahora.

 
El PSOE, tras el reciente terremoto interno, tiene ante sí un reto histórico y a la vez una última oportunidad para llevar a cabo una reflexión profunda y general que les permita definir hacia dónde quieren ir y lo que es más importante, qué quieren ser, empezando por designar un Secretario General que sepa estar a la altura del momento y de la organización que representa. Los socialistas tienen en su mano la posibilidad de realizar una oposición real, fuerte y a la vez constructiva, que lleve a cabo la función de control del gobierno que nuestro sistema parlamentario le otorga. Se trata de fijar límites a un Ejecutivo acostumbrado a gobernar como si estuviera gestionando su cortijo, de poner sobre la mesa cuestiones sociales que los populares no han querido ni sabido atajar durante estos últimos cuatro años, como es el vergonzoso tema de los refugiados, dónde España, según los últimos datos conocidos, tan sólo ha acogido a 481 personas de las casi 18000 a las que se comprometió ante la Comisión Europea, y en definitiva, de volver a la senda de aquel PSOE que a principios de los ochenta supo ilusionar a un país, siendo el artífice de la conquista de la mayor parte de los derechos sociales de los que disfrutamos los ciudadanos, antes de caer en una época negra de filesas, gales y roldanes que estuvo a punto, ya entonces, de terminar con todo el prestigio cosechado anteriormente.
En esa labor de control del gobierno, los socialistas estarán acompañados de Albert Rivera y el resto de parlamentarios naranjas. Ha llegado el momento de la verdad para ellos, es hora de quitarse la careta de buenos chicos y demostrar si están aquí para hacer cumplir implacablemente al Partido Popular cada una de las 150 medidas que incluía el acuerdo firmado por ambas organizaciones, o si, como muchos afirman, no son más que una marca blanca de Génova, colocada a conciencia por los gerifaltes del IBEX 35, para contrarrestar la marea podemita. De lograr que los populares cumplan con las exigencias marcadas en dicho documento, que incluía medidas concretas contra la corrupción, el fraude fiscal y los aforamientos, y también otras de carácter social como un Plan contra la Pobreza Infantil o la dación en pago, creo que podrían hacerse merecedores incluso de quitarse la famosa etiqueta cuñadil que muchos se han empeñado en colocarles. En sus manos está.

 
Por su parte, Podemos también debe decidir por que senda van a caminar los próximos años. Hay dos caminos, bien diferenciados y que llevan a diferentes lugares. Ya saben, Errejonistas contra Pablistas. Pueden optar por recuperar aquella marea ilusionante que recogió lo mejor del 15 M, y que se definía como un movimiento transversal, “ni de izquierdas ni de derechas”, que pretendía aglutinar el malestar social existente, representando a la mayoría de la gente frente a los élites políticas y económicas, ustedes recordarán, la casta. O pueden profundizar en esa estrategia que les ha llevado a escorarse a la izquierda, hasta el punto de terminar la mayoría de sus actos de campaña con el puño en alto, y banderas comunistas ondeando (en el año 2016), y consolidar esa estrategia de confrontación, de insulto, que les llevó el pasado sábado a aplaudir vehementemente y felicitar por sus discursos nada menos que al Señor Matute, representante de Bildu (palmadita en la espalda incluida), y al ínclito Rufián después de subir al estrado para dar lecciones de moral a los socialistas, y afearles que otorguen el gobierno a la derecha, como si su partido no hubiera hecho presidente a Puigdemont en Cataluña. Podemos tiene un papel importante que desempeñar en este país, hay debates incómodos para los partidos tradicionales que sólo ellos se atreven a llevar al Parlamento, como es el tema de los CIE, por poner solo un ejemplo. Tienen detrás una serie de organizaciones sociales, integradas en las bases del partido, que desarrollan un papel fundamental en asuntos como la lucha por los derechos de los inmigrantes. Pero hay una gran parte de la sociedad española que tiene memoria, y que no está dispuesta a darles su apoyo, mientras sus dirigentes mantengan una ambigüedad que hace que muchas veces parezca que se sienten más cómodos con los verdugos que con las víctimas.

 
Esto último nos lleva precisamente a la última de las cuestiones que podemos considerar positiva de cara a la próxima legislatura. Y es que, ante la ausencia de una mayoría absoluta, se ha logrado por primera vez en muchísimo tiempo, formar gobierno sin tener que depender de nacionalistas, independentistas ni partidos cuyos intereses espurios chocan de frente con los de la mayoría de la sociedad española. Serán tres partidos constitucionalistas, representantes moderados de tres sensibilidades diferentes, los que deberán aunar esfuerzos para conseguir que los próximos años de la política nacional sean provechosos y logren mejorar las condiciones de vida de la mayoría de las personas que conforman nuestra sociedad. En un momento en el que en Europa, aprovechando la coyuntura de crisis global del sistema, afloran partidos radicales de ultraderecha y también populismos de extrema izquierda, podemos considerar la situación española como un mal menor. Los próximos años determinarán si nuestra sociedad ha alcanzado realmente ciertos niveles de madurez democrática. Estaremos atentos.

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Coke González

Licenciado en Ciencias Políticas , acumula ya años de trabajo en el sector público, actualmente coordinando un Programa de Ayudas a ONG´S. Escribe habitualmente, como terapia, sobre aquellos temas que más le inspiran. Se muestra encantado de poder abrir esta pequeña ventana a la Reflexión, donde intentará aportar su visión semanal de la actualidad.

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