Si, me refiero a ti. Sabes perfectamente quien eres. Me da exactamente igual que sucediera en algún rincón remoto de Tailandia, o en una gasolinera de la A-3, de camino a tus merecidísimas vacaciones en Benidorm. Siempre eres el mismo, cada vez que sucede. Todos sois el mismo, y todos eres tú. Espero que ese día, al menos, fueras sólo en el coche, y tus desgraciados hijos, si resulta que, por desgracia para ellos y toda la raza humana, no eres estéril, no tuvieran que contemplar la escena en la que retrataste como lo que eres; un malnacido digno de desprecio.
Ese día cogiste su correa, e inmediatamente él se levantó como un resorte y acudió a toda prisa a tus pies, moviendo animoso la cola, con la mirada limpia y alegre y te siguió confiado a la calle una vez más. Lo imagino perfectamente, trotando a tu lado, enredándose entre tus pasos, juguetón y despreocupado en vuestro camino hacia el coche. Subió de un salto al asiento de atrás, e intentó lamer tu mano a toda costa mientras cerrabas la puerta e iniciabas la marcha. Me pregunto si tuviste la sangre fría de mirarle a los ojos por última vez a través del espejo retrovisor durante el viaje, o si andabas absorto tejiendo esa maraña de justificaciones, falacias y autoengaño que usáis los miserables como tú para conciliar el sueño por las noches.

 

 

Y tu perro iba atrás, una vez más. Siguiéndote hasta donde quisieras llevarle. Meneando la cola con alegría anticipada, plenamente satisfecho tan solo con el hecho de estar contigo, de camino a alguna parte. Porque puede que tú no supieses muchas cosas, pero eso si lo sabias, ¿verdad? Cabe la posibilidad de que fueras un inconsciente que no entendía o no quería entender, que un tener un perro es una grandísima responsabilidad. Puede que no pudieras imaginar los gastos que conllevan su salud, su alimentación, y su bienestar. Puede también,  que no te alcanzasen las neuronas para anticipar que, desde el momento en que tomas la decisión de tenerlo, un perro condiciona  tu vida; desde unas vacaciones, hasta una simple salida a cenar, porque es un ser con derechos y necesidades. Pero había algo que tenías meridianamente claro, y eso no podrás negarlo jamás. Es un pacto milenario, una ley no escrita; desde el momento en que tú, recuérdalo, tomaste la decisión de hacerte cargo de él, supiste que, la merecieses o no, contarías con su más absoluta lealtad. Sabías que confiaría incondicionalmente en ti, que serías el centro de su existencia, y que de poder hacerlo, tu perro habría dado su vida por ti, o recorrido medio mundo para encontrarte. Y buscarte es lo que seguro hizo más tarde,  aquel día en abriste la puerta del coche y le hiciste bajar en alguna cuneta, o un área de descanso. Aquel día en que, mientras él iba pasando de la felicidad a la confusión, tu subiste de nuevo al coche y reanudaste la marcha, dejándolo atrás, destrozando su mundo para siempre. El día en que abandonaste a tu perro.

Déjame contarte algo: un pasaje de un libro, “De ratones y hombres” que me marcó hace tiempo. Candy, un viejo trabajador de un rancho, es empujado por sus compañeros a terminar con el sufrimiento de su aún más viejo amigo perruno que, achacado por las enfermedades y la ceguera, deambula maltrecho entre las camas del barracón. Se siente incapaz hacerlo él mismo, y derrotado por la pena, acaba aceptando el ofrecimiento compasivo de un colega para hacerlo en su lugar. El anciano acaricia al animal una última vez con ternura y se tumba en la cama en silencio, mientras pala y escopeta en mano, su compañero sale por la puerta seguido del renqueante chucho.
Más adelante en la historia, se lamentaba: -Debería haber matado a ese perro yo mismo, George. No debí dejar que un extraño matara a mi perro….-
No hay nada de ese lamento del viejo Candy que te sea familiar, ¿no es así? Ni un ápice de esa compasión, o ese respeto. Simplemente pisaste el acelerador, y lo dejaste atrás. Así de sencillo, así de cómodo, así de cobarde.
Mi primera reacción, lo confieso, cuando pienso en lo que has hecho, es desearte lo mismo, cuanto menos. Desde la rabia y la impotencia que me inundan, me apresuro a pensar que ojalá al menos alguna vez en la vida, te sientas exactamente tan aterrorizado y confuso como se sintió él ese día, y todos los días que vinieron hasta que acabó atropellado en una carretera, o sacrificado en una perrera municipal, o con un mucha suerte, acogido en un hogar de adopción. Y si, por un momento se me pasa por la cabeza la idea de que, si en ese mismo camino de vuelta, te hubieras empotrado a doscientos tu solito contra el bajorrelieve de un muro, lo mismo no hubiera sido una pérdida tan trágica. Justicia poética, ya sabes, Ying y Yang, karma, o como coño quieras llamarlo.
Pero luego me sereno, y pienso que me he dejado llevar por la ira, mala consejera, y que pensándolo mejor te deseo con todas mis fuerzas un par de cosas, además de una buena neuralgia del trigémino; una memoria duradera y firme para que jamás olvides la última mirada que te dedicó tu perro, y que de cuando en cuando, se te pudra esas maraña de justificaciones, falacias y autoengaño que los miserables como tú usáis para poder conciliar el sueño. Entonces, cuando te mires al espejo y recuerdes lo que hiciste podrás ver lo que yo veo.

 

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Luis Rod

Cantante en vías de civilización, un andaluz exiliado, hace tiempo fui viajero. Aprendiz de melómano, conversador fiel. A veces tengo algo que decir, y pierdo el pudor.

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