Corren tiempos de cambio. Brotan gentes de bien allá donde mires. Reaccionan virulentos los monstruos de la vieja Europa. En el célebre claroscuro de nuestra deriva, vuelven los fantasmas a rugir con fuerza, y apenas pueden contenerlos, exhaustas, las urnas que fueran sabias. Y mientras todo esto ocurre, mientras llevamos a cabo la lucha que nos salvará o condenará definitivamente, enfrentamos, inconscientes, un mal ignoto; una abominación cotidiana que amenaza con destruir toda esperanza en el ser humano. Me refiero a una figura verdaderamente atroz: la del político humorista.

Si bien es cierto que el intrusismo profesional es, en esta España nuestra, algo asimilado, e incluso en ocasiones, festejado, los políticos graciosetes sólo florecían una vez abandonada la actividad pública. Se ve que la tranquilidad de un consejo de administración saca el Miliki que todos llevamos dentro. Pero ha llegado la nueva política, y con ella, el festival del humor. Óiganme, me parece fantástico este frescor publico-administrativo que nos envuelve cada día; no cabe duda de que, al fin, algo se mueve. Pero ¿era necesario tanto chistematón? Se le cae a uno la cara de vergüenza en según qué plenos o debates. Señorías mías, dejen el humor para Ilustres Ignorantes o La hora chanante. ¡Ustedes no tienen gracia!. (Salvo Rajoy, la verdad es que con este me meo).

Para subirse por las paredes es ese absurdo momento en el que a Pedro Sánchez le cambia la cara de sólido defensor de los trabajadores, a tontolaba de oficina, para soltar el “chistazo” que se ha preparado en casa frente al espejo. Ese Pablo Iglesias en un mitin cantando un tema con letra cambiada, ¡casi entero!, del maestro y añorado Javier Krahe; me dan ganas de tirarme por la ventana. El “Modelitos Martel”, Albert Rivera, que lo más gracioso que ha dicho en su vida es que no sabe si es de izquierdas o de derechas. ¿Y de Mariano? ¿qué decir…? este pobre lo hace sin querer.
Y la cosa no queda ahí, no, están rodeados de cachondos mentales que, bebiendo de sus mentores, se animan a chascarrilear en los platós de televisión a la menor oportunidad. Yo me pregunto si no habrá alguien en sus respectivos equipos que pueda decirles que no tienen gracia. Lo pido por favor, dedíquense a trabajar, que no está la cosa para muchas risas en su “sector”

Pero como seguimos en plena campaña electoral, y tendremos que seguir aguantando el festival del humor, me he permitido hacer mi propia chanza, y emulando a Greenpeace en las pasadas elecciones, me he imaginando qué tipo de niño han de haber sido los candidatos. Espero que nadie se moleste:

Mariano Rajoy. 13 años. Rarito, con gafas. Vestía oscuro. Egoistón. De los que ponía el dedo en el bocata cuando alguien le pedía un mordisco (al que previamente había accedido para que no le partieran la cara). Notas regulares, en deportes nefasto. Introvertido, desconfiado. Guardaba el dinero de la merienda en el calcetín. Lo más gracioso en su haber: mearse encima un día en gimnasia.

Pedro Sánchez. 14 años. Típico alto que sólo sabía jugar al Baloncesto. Bastante malo pero le cogen en las pruebas del “Estu”, nada más que por ser alto. A partir de ahí, empieza su “molez”; antes fue un pringao más. Al pasar a dicha categoría molona, pensó adquirir, de paso, la gracia de la que siempre adoleció, y las soltaba una detrás de otra. Alguna ostia se ha llevado.

Pablo Iglesias. 15 años. Pesao, pesao, pesao con la política y la lucha social que nadie entendía. La mayoría estaban intentando comerse algún rosco; él, a las barricadas y no sé qué cánticos chungos. Hasta que no llegó a la universidad y encontró a su gente no pudo reírse de los demás seres mortales ridículos que no tenían conciencia de clase. Una vez contó un buen chiste en una manifa, pero la peña estaba hasta arriba y quedó en nada.

Albert Rivera. 16 años. No era el skineto del barrio, pero se juntaba con ellos alguna vez por amigos en común. Ni muy listo, ni muy guapo; notas normales. Malo para deportes generalistas, se metió en el waterpolo para ponerse cachas (digo que se apuntó para jugar a este deporte, no sean malos). La ropa de marca le daba la seguridad que su poca gracia le arrebataba. Un día repitió en alto la palabra “pollas” cuando el profesor había dicho ampollas, y rió sólo, mientras lloraba por dentro.

Ni que decir tiene que toda coincidencia con la realidad es puro perogrullo.

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Ferdy Torres

Publicista, compositor y cantante, Ferdy es miembro de varias bandas madrileñas. Escritor frustrado, lector enfermizo y animalista convencido, emprende el reto "Reflexión" con ilusión y, sobre todo, mucho respeto.

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