Desde muy pequeño, uno de mis pasatiempos favoritos era acompañar a mi padre a desayunar fuera los fines de semana. Lo hacíamos (y lo seguimos haciendo siempre que podemos) en la Cafetería Los Austrias, próxima al hogar familiar, y el ritual consistía básicamente en salir de casa sin madrugones exagerados (salvo que el horario de mi partido de fútbol nos lo exigiera), comprar en el kiosko varios periódicos (incluido alguno deportivo, mi padre nunca tuvo traumas progres con eso), y dirigirnos a la citada cafetería para degustar el desayuno correspondiente, mientras devorábamos a su vez la prensa escrita del día. Como es lógico, mientras fui un niño sustituía los periódicos “serios” por comics de Asterix , Tintín o Zipi y Zape, y también por prensa deportiva, pero en seguida heredé la costumbre de ojear primero, y leer en profundidad después, los diferentes editoriales y artículos de los periódicos que mi padre compraba habitualmente.
Sirva esta introducción para aclarar que me parece básico, y así me educaron, el hecho de  estar informado, e igualmente imprescindible que dicha información sea lo más plural posible, es decir, conocer diferentes puntos de vista antes de sacar las conclusiones propias, que debería ser el objetivo final de cualquier lector.

5 fotolia_93134553Sin embargo, de un tiempo a esta parte, la proliferación de medios de información, la multiplicación de las vías de acceso a la información virtual (medios on line, redes sociales, blogs…), y el martilleo constante en televisión de programas de contenido político y tertulias teledirigidas, han llegado a provocar en mí una sensación de agotamiento, saturación, e incluso desasosiego en muchas ocasiones. Al investigar sobre el tema, descubrí que lógicamente no era el primero en sufrir estos síntomas, y que incluso estaba ya diagnosticado socialmente (no así médicamente) bajo el nombre de “Síndrome de fatiga informativa”. Este fenómeno, provocado por la exposición, consumo y manejo excesivo de información que desborda y agota física y mentalmente, es bastante común en nuestra sociedad, al parecer. El término fue propuesto inicialmente por el psicólogo británico David Lewis, en los años noventa, en su informe titulado “Dying for information?” .Es un síndrome que supone fundamentalmente una importante fuente de estrés para nuestro cerebro, que acaba por provocar una especie de colapso que impide que se asimile correctamente la información.
Insisto, creo que informarse es básico, pero el peligro está en la sobrecarga de noticias que no nos da tiempo a digerir y que acaba por provocar el efecto contrario. Leí hace unos meses un artículo del gran Pedro G.Cuartango en el que volcaba unas conclusiones con las que me identifico totalmente: para profundizar en las cosas hay que leer y hay que reflexionar, hay que dejar que se sedimenten los conocimientos y, pasado un tiempo prudencial, someterles al juicio de la crítica. No obstante, el que aspira a entender, siempre debe conservar un margen para la duda, pues no hay nada más nefasto que las certezas absolutas.
El ejemplo más paradigmático de esto puede ser perfectamente Twitter. Personalmente es la única red social en la que me muevo, y valoro muchos aspectos de ella, como la sensación de información instantánea y el contacto directo con periodistas, políticos o músicos. Sin embargo, también tiene múltiples matices negativos:
Al tratarse de mensajes encorsetados por un número de caracteres limitados, no permiten la elaboración de pensamientos complejos, sino que  priman los mensajes impactantes, explosivos. Se busca constantemente lo que en el argot tuitero se conoce como un “zasca”, antes que un pensamiento realmente profundo y razonado. Es el triunfo de lo que podríamos denominar “Fast Thinking”, fenómeno equiparable en lo culinario a la “Fast Food”, para entendernos.
Además, siguiendo con el ejemplo de Twitter, su formato hace que en un minuto puedas recibir del orden de 20 entradas, y se le concede visualmente el mismo impacto e importancia a cada una de ellas, de manera que puedes estar leyendo noticias encadenadas tan dispares como  que a Messi le dolía el tobillo esta mañana, a continuación que un terremoto ha asolado Ecuador causando 600 muertos, y a continuación una crítica de la última película de Almodovar…esto hace que sea muy difícil conceder la jerarquía adecuada a cada noticia, y valorarla en su justa medida, pues inmediatamente te están bombardeando con otras 25 nuevas. La consecuencia es que los usuarios quedamos tan saturados de información que nos cuesta muchísimo distinguir lo importante frente a lo que no nos aporta nada.
Otro mal tuitero, aunque extensible al resto de la sociedad, es que parece que hay que saber de todo porque todo el mundo quiere opinar de todo. Como afirma la socióloga Ángeles díaz, “estar informado se ha convertido en una especie de valor social, que da prestigio y autoridad en nuestro entorno”. Así, proliferan en twitter, en nuestros grupos de wasap de amigos y familiares, y en cualquier otro foro de bar que se precie, auténticos “expertos” en temas tan diversos como el ébola, los transgénicos, el Brexit o el Bossón de Higgs…
Al final, lo que se consigue con esta avalancha de información, es una especie de servidumbre del ciudadano. Televisión, redes sociales y en general todo lo que conlleva el panorama mediático actual lleva a las personas a una pérdida de conciencia de su lugar en el mundo. Ahora ya no se pueden ocultar hechos, como ocurría antiguamente con la censura, pero sí camuflarlos con un torrente de información intrascendente, para conseguir que no se hable de lo que no interesa. Y que nadie vea en esta crítica algo partidista, ya que es innegable para cualquiera no afectado por el mal del sectarismo, que esta táctica se usa de idéntica forma tanto en los medios conservadores afines a la derecha, como en los grupos mediáticos de izquierdas, cada uno a su nivel y dentro sus posibilidades.
Llegados a este punto, la pregunta es tan evidente como necesaria: ¿Cómo gestionar esta cantidad ingente de información sin que se convierta en un problema? Hay varias recomendaciones que podemos seguir para evitar el colapso:
La primera, tomárnoslo con calma. Intentar desconectar mucho más a menudo de lo que lo hacemos: apagar el ordenador, la televisión, silenciar el teléfono… volver a conectar, eso sí, con la gente,  quedar con nuestros amigos y salir a la calle…
En segundo lugar, intentar  seleccionar o filtrar  la información que vamos a consumir, basándonos en los criterios de calidad y pluralidad. Cuanta más información de esta manejemos, más capaces seremos de distinguir los panfletos amarillistas y la información basura.
Probablemente ayude también el hecho de procurar centrarnos en aquellos campos o áreas que más nos interesan, tratando de ser conscientes de que no podemos abarcar todo el conocimiento en todas las materias, y no por ello somos peores ciudadanos ni personas menos interesantes.
Debemos, por último, evitar caer en la endogamia informativa, ya que muchas veces no buscamos información para ayudar a formarnos un juicio claro sobre un tema determinado, sino opiniones que consoliden, refuercen o impulsen determinadas ideas preconcebidas que nos hemos creado. Es decir, tratamos de buscar gente que piense como nosotros para reforzar nuestro pensamiento y sentirnos menos vulnerables.
No es en absoluto un asunto baladí el hecho de preocuparnos por la información que recibimos. Aunque suene bastante utópico pensar que la gente pueda y quiera dedicar un tiempo a enfocar correctamente este asunto, debemos ser conscientes de que quizá solo así lograremos convertirnos en una sociedad madura con un espíritu realmente crítico e independiente,  y dejemos de ser fiel reflejo, como generalmente ocurre hasta ahora, de esos políticos pusilánimes, egoístas, y sectarios , incapaces de ponerse de acuerdo y lograr unos mínimos consensos, que nos llevan de cabeza a lo que serían unas patéticas y vergonzosas terceras elecciones.

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Coke González

Licenciado en Ciencias Políticas , acumula ya años de trabajo en el sector público, actualmente coordinando un Programa de Ayudas a ONG´S. Escribe habitualmente, como terapia, sobre aquellos temas que más le inspiran. Se muestra encantado de poder abrir esta pequeña ventana a la Reflexión, donde intentará aportar su visión semanal de la actualidad.

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