El acuerdo al que se ha llegado en estos últimos meses con Turquía para la devolución de los refugiados de la guerra Siria es de una inhumanidad aterradora. Hemos asistido, entre atónitos y avergonzados, al streaptease moral definitivo de esta Europa nuestra, o suya, que se ahoga en su propia decadencia. Ya no cabe ni la más mínima duda. Poco a poco, entre gestos displicentes, gases lacrimógenos y remiendos en carne viva, han ido cayendo una a una las pocas prendas que aun tapaban las vergüenzas de la unión. Y ya está; por fin se encuentra totalmente desnuda y permanece de pie ante nosotros, mostrando sin pudor la obscenidad moral que le corroe las entrañas, con los cimientos podridos al aire y un pie apoyado en pose de cazador soberbio, sobre el montón de cadáveres embarrados de los niños, mujeres y hombres que han perdido su vida guiados por la expectativa falaz de encontrar una salida al infierno siempre absurdo de la guerra.

REFU_002Pertenezco a una generación que vivió esperanzada la adhesión a la U.E. A mediados de los 80 nadábamos medio despistados en las aguas aún algo turbias que nos habían dejado 40 años de dictadura y una transición convulsa pero ilusionada, y cuando vimos el cebo lo mordimos sin pensar. Y nos lo tragamos, vaya si lo hicimos, anzuelo y sedal incluidos.
Yo por aquel entonces era apenas un niño, pero lo recuerdo con claridad. Alrededor de las mesas familiares, en los bares, en la calle, no dejaba de hablarse de las idílicas ventajas de aquel tratado que traería bienestar económico y social, prosperidad y modernidad a una España que tan poco antes había despertado al siglo XX. Pero de entre todo aquel ideario europeísta, a algunos de nosotros, quiero pensar que a muchos, se nos quedaron resonando en la cabeza aquellas proclamas que hablaban de derechos fundamentales, de dignidad, de libre circulación de personas, y del derecho a la vida. Avanzábamos viento en popa hacia una Europa no solo más próspera económicamente, sino lo que era aún más importante, más libre, democrática y humana, y siendo éste el panorama, había muy poco que discutir.
Así que de la noche a la mañana nos convertimos en europeos, como si no lo hubiéramos sido nunca. Llegaron en tromba las banderas, los carteles, las consignas y el dinero, sobre todo el dinero. Dinero que pagaba la implementación de infraestructuras, la mejora de las comunicaciones, la modernización de la agricultura y la ganadería, la adaptación del sector terciario… El esfuerzo de adecuación de una economía enclenque y anticuada había merecido la pena, y oteábamos el futuro orgullosos y confiados, mirando con incrédulo desdén a los que nunca dejaron de afirmar que el precio a pagar por todo aquello, era demasiado alto.
Qué inocentes éramos, o qué estúpidos. El envoltorio era tan brillante que no supimos darnos cuenta de que el regalo estaba mortalmente emponzoñado. El think tank del neoliberalismo más descarnado, que había tenido su laboratorio de ensayo en los EEUU de las últimas décadas y que había sido eficazmente probado en toda Latinoamérica, avanzaba voraz hacia territorios vírgenes, donde había mucho que fagocitar. En una de las escenas más brillantes de “El padrino”, el macabro Lucio Luchessi afirmaba que “las finanzas son un arma, y la política es saber cuando apretar el gatillo”. El arma estaba cargada, y la política solo tuvo que esperar a que llegase la situación adecuada para comenzar a disparar a bocajarro. La crisis nos ha hecho más pobres, más vulnerables, mucho menos libres (si es que lo habíamos sido alguna vez), pero si algo tenemos que agradecerle es que nos ha vuelto más lúcidos, o al menos eso me gustaría pensar. Ahora ya lo sabemos: las guerras en occidente ya no precisan de munición, ni de ejércitos a la vieja usanza, ni de sangre derramada en las cunetas (al menos la nuestra). Ahora, el monstruo macro-corporativo solo necesita servirse de un arma infalible: la deuda.
El baile de máscaras toca a su fin porque ya no es necesario. Se han encendido las luces del fastuoso salón europeo, para revelar la pintura desconchada de las paredes, las burdas costuras de los disfraces decrépitos y las grietas profundas que cruzan el suelo, por las que se vislumbra con claridad el abismo sobre el que danzábamos.
Y en esas andábamos, tomando conciencia de nuestra miseria, aprendiendo en nuestra piel el significado de términos como “Troika”, “rescate financiero”, “ajustes presupuestarios” o “vivir por encima de nuestras posibilidades”, cuando estalló el conflicto Sirio.
La incómoda verdad que habíamos estado empujando a lo más profundo del baúl de las vergüenzas, nos ha explotado en la cara, en el cuerpo y rostro de millones de desplazados, de centenares de miles de muertos, de un mare nostrum que ha mutado para convertirse un cementerio gigantesco y tétrico. Somos esclavos modernos, quien lo duda, pero esclavos de primera al fin y al cabo. Y para mantener ese dudoso honor, hemos de pisar a otros esclavos de segunda y de tercera clase. Lobos amaestrados con la correa al cuello, alimentados con la carne de otros lobos débiles y prescindibles.
Somos responsables, directos o indirectos; subsidiarios de una “guerra contra el terror” en la que es difícil distinguir entre petróleo y sangre. Ambas igual de espesas, pero con muy diferente valor de mercado.
Hubo un último atisbo de humanidad, un postrero y débil asomo de entereza moral. Se barajaron cuotas de asilo, se planificó a regañadientes un plan de actuación. Millones de refugiados se agolpaban a nuestras puertas y la vieja y decrépita Europa parecía dispuesta a asumir su parte de compromiso ante la inmensa tragedia que habíamos ayudado a provocar. Pero el espejismo duró muy poco. 15.000 se convirtieron en 17 y las vidas de una generación perdida para siempre, se transformaron rápidamente en goteras que había que tapar a cualquier precio. Como en un flashback inverosímil, las fronteras se fueron cerrando a su paso, los campamentos fueron llenándose hasta traspasar sobradamente sus bochornosos límites, y nos devolvieron a la retina imágenes de una Europa que creíamos haber olvidado para siempre.
Las generaciones venideras nos van a juzgar duramente por esto. Mirarán hacia atrás avergonzados, preguntándose cómo pudimos asistir impasibles, una vez más, al espectáculo del terror y de la deshumanización institucionalizada.

REFU_010Y por eso estoy convencido de que ha llegado la hora de dar un paso atrás, valiente y decidido, antes de que sea demasiado tarde, si es que no lo es ya. Marchémonos ahora que aún podemos, y recuperemos cueste lo que cueste la soberanía económica, pero sobre todo la soberanía moral de esta España nuestra que tantísimo nos duele.
Será duro, lo sé. Habrá que taladrarse un par de agujeros más en un cinturón que ya no da más de sí. Pero personalmente estaría orgulloso y más que dispuesto a formar parte de una sociedad que se niega a mirar hacia otro lado y a asumir el horror como daño colateral.
Al menos, si decidiéramos cerrar la puerta a millones de personas que huyen, como una vez lo hicimos nosotros, de un infierno del que somos responsables en buena parte, no tendríamos la oportunidad de sentir que es algo que se ha acordado allí, lejos, en un parlamento casi ajeno. No podríamos anestesiarnos la conciencia pensando que, al fin y al cabo es decisión de “otros”.

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Luis Rod

Cantante en vías de civilización, un andaluz exiliado, hace tiempo fui viajero. Aprendiz de melómano, conversador fiel. A veces tengo algo que decir, y pierdo el pudor.

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