El pasado sábado 10 de diciembre el Real Madrid volvió a hacer cotidiana la épica, y venció al Deportivo de la Coruña (3-2), en vibrante encuentro de Liga disputado en el estadio Santiago Bernabéu. Con este resultado, el club blanco superaba su mejor racha histórica de partidos invicto, que databa de la temporada 1989 con aquel equipo inolvidable de la Quinta del Buitre, comandados por el entrenador holandés Leo Beenhakker. Esta serie de encuentros sin conocer la derrota incluye, entre otros méritos, dos visitas al Camp Nou (victoria y empate), una visita al Calderón (victoria), y la consecución de los títulos de campeón de la Champions League y la Supercopa de Europa.
Así que, mientras algunos incautos siguen hablando de la flor del francés e insinuando paranoicas argucias sobre bolas calientes, ha llegado el momento de pararse y reflexionar sobre la trayectoria y los méritos del entrenador madridista en su primera experiencia profesional en un banquillo del máximo nivel.
La llegada de Zinedine Zidane al banquillo madridista estuvo acompañada de un sinfín de dudas, algunas provocadas por su supuesta falta de experiencia y otras de ellas más dirigidas al complicado entorno en el que se iba a tener que mover el francés, con un equipo roto moral y deportivamente, y la sospecha aún caliente de que el núcleo duro del vestuario le había “hecho la cama” al anterior entrenador, Rafa Benítez.
Para los aficionados merengues, la apuesta era aún más arriesgada. Significaba poner en la picota a uno de sus grandes símbolos, arriesgar a una de sus leyendas más sagradas. Nadie sabía cómo iba a responder el francés en el que probablemente es el cargo más expuesto del fútbol mundial (Jabois dixit), con una manada de hienas periodísticas acechando en cada rueda de prensa, deseosas de poder confirmar sus más audaces sospechas, según las cuales el pérfido Florentino había puesto a su niño mimado en el cargo, con el objetivo de poder hacer y deshacer a su antojo.
Ante todo esto, Zinedine Yazid Zidane, llegó, tomó el mando, miró a sus jugadores, y con esa naturalidad tan infrecuente en el mundo del fútbol, sonrió.

En un ecosistema tan particular como es el del Real Madrid, Zidane se fue abriendo camino con muchas de las virtudes que le hicieron triunfar como jugador: elegancia, creatividad, carisma y discreción. Se dedicó a aplicar recetas tan aparentemente sencillas como lógicas. El que está bien, juega. Algo así como la meritocracia que en su día acuñó Mourinho, pero sin tantas estridencias y sin darse tanta importancia. E incluso se permitió el lujo tan poco habitual de reconocer errores y rectificarlos.
Hay otros compañeros de profesión como el portugués o el mismo Guardiola que muestran un ego desbordado que persigue obsesivamente la creación de un equipo de autor, al que todos identifiquen con la filosofía de su creador, y así agrandar su aureola de gran entrenador. En ese sentido, Zizou, el jugador más excelso que nunca vi en un campo de fútbol, volvió a demostrar una humildad que, esa sí, ya es marca de la casa, y enarboló la bandera del trabajo, la ilusión y el carisma, resumidos en su discurso de presentación en el que, una vez más sonriendo, se limitó a decir: “creo que todo va a salir bien”. Y los madridistas respiramos.
Zidane ha logrado tejer un hilo invisible de unión entre todos los jugadores, sabiendo escuchar y entender a cada uno de ellos, sin que eso significase en ningún momento que se plegase a sus caprichos. Aprovechó su carisma y el aura de estrella mundial que sin duda aún le acompaña para conectar con un grupo que ha sabido recoger ese guante, hasta el punto de que se puede afirmar que no se recuerda ninguna plantilla en la dilatada historia del Real Madrid en la que los 23 jugadores estuvieran tan enchufados y dispuestos para lo que el míster y el equipo requirieran en cada ocasión. Y el que no me crea, que observe a Mariano cada vez que Zizou le concede 10 minutos.
Cuando, durante este primer año de trayectoria, determinados elementos externos se han encargado de señalar a algún jugador por su bajo rendimiento o por rumores sobre su salida, Zidane ha logrado darle la vuelta a la situación hasta convertirle de nuevo en pieza importante, y ahí están los casos de James, Kovacic o Isco, por poner solo algunos ejemplos.
Hoy, casi un año después, nadie puede negar que ha logrado devolver al Real Madrid a lo más alto a nivel deportivo, dónde es el actual Campeón de Europa, lidera la competición doméstica con una ventaja solvente como hacía tiempo que el conjunto blanco no tenía, y dentro de apenas unos días tendrá la ocasión de luchar por un nuevo título, el Mundial de Clubes, que podría pasar a engrosar las ya desbordantes vitrinas del club de Chamartín.

Institucionalmente, el club vive días tranquilos, alejado de las habituales marejadas de los últimos años, y ha logrado desarmar a base de naturalidad y sonrisas al batallón de periodistas que le buscaban las vueltas casi a diario.
Aun así, buena parte de la prensa, el tropel habitual de “haters” e incluso un sector muy concreto del madridismo, bolsa de Grefusa en mano, todavía se preguntan con cierta malicia tras cada partido del Madrid, ¿A que juega el Madrid? Se trata sin duda de restar méritos al entrenador y al equipo, tratando de deslizar la idea de que semejante racha de imbatibilidad tiene que ver sobre todo con la casualidad, la suerte, o la famosa flor de Zidane.
Se ve que, 34 partidos después, aún no han entendido nada. El Madrid de Zidane juega a lo mismo que ha jugado el Madrid a lo largo de toda su historia. A lo único que sabe jugar este equipo. A ganar.

 

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Coke González

Licenciado en Ciencias Políticas , acumula ya años de trabajo en el sector público, actualmente coordinando un Programa de Ayudas a ONG´S. Escribe habitualmente, como terapia, sobre aquellos temas que más le inspiran. Se muestra encantado de poder abrir esta pequeña ventana a la Reflexión, donde intentará aportar su visión semanal de la actualidad.

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